Mi humildérrimo quehacer
· Diario de un hombre ridículo, 9 ·
Fran Vega
Mi humildérrimo quehacer

Hoy estoy muy contento. Resulta que necesitaba pedir dos horas de permiso en la oficina porque el doctor Islallana, mi callista de cabecera, tenía que asistir por la tarde al bautizo de un vicesobrino, así que me he armado de valor para pedir al jefe esa grandiosa clemencia y poder acudir a la consulta de la susodicha eminencia. No es que sea yo hombre de apuros y temores, pero sé que hay que mostrarse prudente desde las últimas ordenanzas exhibidas. Y me he llevado una sorpresa pistonuda cuando el jefe en persona no solo ha dicho que sí, sino que se ha puesto en pie, me ha acompañado hasta la puerta tomándome del hombro y me ha dicho que soy un hombre de la casa y que tiene toda su confianza depositada en mi humildérrimo quehacer. Y también ha afirmado que estamos en el mismo barco, o barca, no sé bien ahora, lo que me ha ayudado a entender lo que nos explicó el otro día sobre remar juntos y ahorrarse la paga extraordinaria. Todos me han felicitado después en el cafetín de Tadeo, incluso Imeldo, el que arregla calderines y solo sonríe los jueves, que nunca se presta a las euforias y hoy se ha tomado una limonada. Y es que no hay como el decoro y el pundonor para que uno alcance las más altas cimas de la consideración.

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© Fran Vega, 2016

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