«La traviata», de Verdi: un drama romántico · Fotografía: Anna Netrebko y Rolando Villazón en 2005
· Intermezzo ·
Fran Vega
«La traviata», de Verdi: un drama romántico
Fotografía: Anna Netrebko y Rolando Villazón en 2005

Bebamos alegremente de este vaso… Así comienza el conocido brindis de La traviata, una de las óperas más representadas en la historia de la música, compuesta por Giuseppe Verdi y estrenada en Venecia el 6 de marzo de 1853. Se trata de la adaptación de la novela La dama de las camelias, escrita por Alexandre Dumas (hijo) y publicada en Francia cinco años antes.
Verdi estaba a punto de cumplir 40 años de edad y era ya un respetado compositor de óperas que había logrado notables éxitos con Nabucco (1842), Ernani (1844), Macbeth (1847), Rigoletto (1851) e Il trovatore (1853), pero en aquel momento atravesaba una etapa de dificultades personales y un cierto agotamiento creativo tras el estreno de las dos últimas obras citadas.
Sin embargo, no rechazó la posibilidad de volver a trabajar con el libretista Francesco Maria Piave, cuya firma ya había aparecido en Ernani, Macbeth y Rigoletto, y asumió con entusiasmo la historia de la cortesana Marguerite Gautier y el galán Armand Duval, que Piave transformó en Violetta Valery (soprano) y Alfredo Germont (tenor) para crear un drama romántico-realista en el que están presentes el amor, la pasión, los celos, las convenciones sociales, la enfermedad y la muerte.
El estreno fue un humillante fracaso en el que los asistentes abuchearon a los cantantes y en el que el trágico final de la obra fue causa de burla, de la que tampoco quedaron a salvo el barítono —padre de Alfredo— ni los personajes secundarios. Pero convencido de la calidad de su composición, Verdi modificó sustancialmente los actos segundo y tercero y la ópera volvió a los escenarios el 6 de mayo de 1854, también en Venecia, para recibir desde el primer día los aplausos y la admiración del público.
La traviata comienza con un preludio musical —los conceptos de «sinfonía» y «obertura» ya habían quedado atrás—, perfectamente integrado en el drama, que pronto da paso al brindis Libiamo ne’ lieti calici, que sigue siendo hoy pieza obligada en cualquier repertorio operístico y con el que la cortesana y el galán exponen su fe en el destino y el amor acompañados por un coro que arropa y celebra el encuentro.
A continuación, los protagonistas cantan un dúo con el que expresan sus sentimientos y temores (Un di, felice, eterea) antes de que Violetta se quede a solas para defender y reivindicar su forma de ser y su estilo de vida (Sempre libera), un atrevimiento para la época que solo la venerada figura de Verdi se podía permitir.
Una vez planteada la situación en el primer acto, el compositor aborda el segundo con la aparición del padre de Alfredo, quien ruega a Violetta que abandone a Alfredo por el bien de la familia (Pura siccome un angelo) —no olvidemos que se trata de una cortesana mal vista por la alta sociedad—, a lo que ella accede no sin antes manifestar su amor incondicional con Amami, Alfredo, aria plena de emoción en la que el tutti orquestal recupera el tema principal del preludio.
Cuando padre e hijo se encuentran, el primero trata de consolar al segundo con el dulce y nostálgico Di Provenza il mar, il suol, pero Alfredo decide marchar al encuentro de Violetta y el enfrentamiento se produce durante una fiesta en la que el coro canta y baila una representación taurina —en la que se narra la historia de un torero vizcaíno que al público veneciano seguramente sorprendió— mientras los amantes despechados sufren el mutuo desamor.
En el tercer y último acto, en el que de nuevo se inserta un preludio, Violetta aparece ya en una fase avanzada de su tuberculosis y recibe una carta del padre de Alfredo en la que reconoce su error, pero ella considera que ya es demasiado tarde para todo y canta Addio del passato, aria con la que pide a Dios ayuda para la traviata («la extraviada»). Sin embargo, Alfredo llega a su casa y con Parigi, o cara, noi lasceremo le anima a dejar la ciudad y emprender una nueva vida, si bien con Prendi, quest’è l’immagine los personajes son conscientes de que su historia ha terminado antes de que Violetta expire en los brazos de Alfredo.
Orquestada con gran profusión de instrumentos, el hilo argumental está perfectamente entramado en el musical, en el que las líneas melódicas acompañan el estado anímico de cada personaje y con el que la palabra es sustituida en ocasiones por trémolos y pizzicatos que refuerzan el tono dramático de la composición. Al mismo tiempo, las principales arias y los duetos más emotivos consiguen llegar al público por su dramatismo y su estructura musical, que Verdi tuvo muy en cuenta para resarcirse del fracaso del primer estreno.
Con dos horas de duración —casi la mitad de muchas óperas de Haendel y Mozart—, La traviata alcanzó gran popularidad debido a la sencillez de su argumento y a las melódicas composiciones que lo impregnan, por lo que enseguida fue representada con éxito en toda Europa, gira a la que se sumaron en 1855 el Teatro Real de Madrid y el Liceo de Barcelona. También el cine abordó pronto la historia de Violetta y Alfredo con una película muda dirigida en 1922 por Challis Sanderson, y con Camille, protagonizada en 1937 por Greta Garbo y Robert Taylor a las órdenes de George Cukor.
Para la historia ha quedado la interpretación de Maria Callas y Alfredo Kraus en 1958 en el Teatro Nacional de San Carlos (Lisboa), bajo la batuta de Franco Ghione, que es para muchos la mejor Traviata de la que se tiene constancia grabada (EMI Classics), si bien esta calificación compite con la de la propia Callas y Giuseppe di Stefano en 1955, con Carlo Maria Giulini en la dirección orquestal (EMI), con la de Joan Sutherland y Carlo Bergonzi, dirigidos por John Pritchard en 1962 (Decca), y con la de Ileana Cotrubas y Plácido Domingo en 1976, con Carlos Kleiber en la dirección (Deutsche Grammophon). Gracias al DVD hoy podemos disfrutar de una espléndida versión cantada en 2005 por Anna Netrebko y Rolando Villazón, con Carlo Rizzi al frente de la Wiener Philharmoniker y un inspirado Willy Decker en la dirección escénica (Deutsche Grammophon).
Verdi culminó con La traviata un proceso de acercamiento de la ópera al gran público que él mismo había iniciado con Rigoletto e Il trovatore —las tres forman su trilogía popular—, pero que Rossini, Bellini y Donizetti ya habían inaugurado con el belcantismo de Il barbiere di Siviglia (1816), La sonnambula (1831) y L’elisir d’amore (1832), respectivamente. La reducción de las partes habladas y, por tanto, de la duración total de las representaciones, la incorporación de más intervenciones corales y la modernización de los argumentos mediante el abandono de los de corte histórico lograron que los teatros volvieran a llenarse y que algunas de estas piezas se popularizaran y sigan estando hoy entre las preferidas por los auditorios, que al finalizar la obra aún se levantan de las butacas tarareando el brindis del primer acto: Libiamo, amor fra’ calici più caldi baci avrà [Bebamos, porque el vino avivará los besos del amor].
Mediante el siguiente enlace pueden contemplar la ópera completa de Verdi, dirigida en 2005 por Carlo Rizzi e interpretada por Anna Netrebko, Rolando Villazón y Thomas Hampson.

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 «Rigoletto: Un dì, se ben rammentomi ... Bella figlia dell’amore, de G. Verdi»

© Fran Vega, 2015
Las Nueve Musas, 9 de noviembre de 2015
http://lasnuevemusas.com/la-traviata-drama-romantico/

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Un comentario en “«La traviata», de Verdi: un drama romántico

  1. Anoche vi “la Traviata”, toda ella, y me fascinó, me dejó “exraviada”. Después de leer el artículo “La traviata: sempre libera” recorrí el Helesponto en busca de una nueva crónica, y así fue como llegué hasta aquí. Es la primera vez que contemplo la Ópera de Verdi y sentí que el tiempo estaba detenido, en más de un sentido: sólo con la presencia de la muerte y la lentitud de su movimiento la fugacidad del instante se realzaba, no sé… un cúmulo de sensaciones variopintas. La puesta en escena me encantó, siempre austera y realzada por las figuras del reloj y la camelia (la flor de la juventud), y el barítono Thomas Hampson (padre de Alfredo) hizo una interpretación grandiosa…así como quién encarna a la muerte. La Ópera tiene una majestuosidad tan DIVINA que me lleva a pensar que la Ópera es la madre del teatro y el cine, su vástago.¡Un brindis!

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