Equus · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Cuentos del Mar Negro, 6 ·
Fran Vega
Equus
Fotografía: Hengki Koentjoro

Veloces emisarios recorrieron al galope cuantos bosques y prados encontraron a su paso. Ondeaban al viento sus cabellos y golpeaban al trote los zurrones, portadores como eran de urgentísimos mensajes que requerían inmediata entrega allá donde estuviesen sus destinatarios, ya fuera en las colinas, ya fuera tras los cerros. Desafiando a la noche, retando cuantas necesidades tuvieren, los jinetes avanzaron sin demora ni descanso hasta cumplir la misión para la que habían sido distinguidos. «Si fracasáis, responderéis con vuestras vidas», les había dicho el Archiconde.
Y por aquí marcharon, y por allá fueron, ora hambrientos, ora sedientos, en busca de quienes debían dirigirse a palacio para tratar en secretísima reunión asuntos cuya trascendencia ni siquiera sospechaban. Y al atardecer del tercer día, aquellos corceles de negra montura, aquellos mensajeros de delicado cometido, regresaron al castillo escoltando a los consejeros buscados, aquellos que habían sido requeridos para que su juicio y su sapiencia sellaran el destino inmediato que la vida, constante y en silencio, había deparado al Archiconde egregio y eminente.
Jarras de buen vino y viandas de exquisita factura compensaron tanto a caballeros como a heraldos antes de que el Archiconde tomara la palabra para agradecerles, primero, su inquebrantable lealtad hacia su título y persona, y solicitarles, después, su ilustrada opinión acerca de los graves hechos que le concernían.
«Hemos pensado», dijo uno de ellos al tiempo que disimulaba con afectación un eructito, resultado de los abundantes caldos que habían desfilado por sus fauces. «Hemos discurrido», señaló otro de los consejeros sin poder ocultar su dicharachero contento. «Y a pesar de ello», concluyó el tercero, «hemos decidido».
El Archiconde se puso en pie, dio unos pasos sobre el entarimado de la sala y con un gesto indicó a los criados que salieran, lo que hicieron con tanto desorden como alborozo. Cuando las puertas quedaron cerradas, el Archiconde adoptó el tono reservado de las circunstancias solemnes, se ajustó los lustrosos puños de la casaca y dijo por fin las palabras que los respetables esperaban: «Bien, señores, les escucho».

***

Ya era muy tarde cuando el Archiconde acompañó a los caballeros hasta la puerta de palacio. Uno a uno tomó sus manos, les dedicó unas palabras de cumplido afecto y les aseguró un encuentro próximo en el pabellón de caza. Los consejeros, con indisimulada alegría, resultado tanto de los fermentos ingeridos como del final de la ineludible reunión a la que habían sido convocados, se dirigieron a los carruajes que habían de conducirles a sus respectivas residencias, se despidieron con estruendosa algarada y sonoros palmetazos en las espaldas y después se perdieron en la oscuridad de la noche mientras tarareaban viejas canciones de infantería.
Y el Archiconde regresó tranquilo a sus aposentos, llamó con la campanilla a su ayuda de cámara, dio estrictas instrucciones y se retiró a descansar. Quedaron las ropas sobre el diván, acarició las sábanas de seda, cerró despacio los ojos y trazó una ligera sonrisa en su rostro antes de que le asaltara una pregunta sorprendente: ¿por qué ni el caballo más veloz había podido alcanzar lo que siempre habitaba en su alma? En ese momento, los mirlos iniciaban un auténtico alboroto.

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© Fran Vega, 2013

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