El hombre cansado · Fotografía: André Kertész
· Cuadernos del Dárdano ·
Fran Vega
El hombre cansado
Fotografía: André Kertész

El hombre cansado que camina por las calles oscuras de las piedras calientes sabe que los galgos gigantes que ladran a las sombras tristes de las esquinas son la imagen hiriente de los sueños que tuvo en los tiempos ocultos de la desdicha.
El hombre del sombrero pardo desliza sus piernas por las aceras desiertas y esconde su rostro de los ladridos cercanos mientras evita los gritos de miedo de las horas amargas en los pasillos angostos de su vida parda.
Sabe que ladran y sabe que muerden, pero el hombre del abrigo largo huye en las noches de ruidos con la mirada revuelta de los sauces heridos y busca en la niebla el camino esperado que todavía no encuentra. Cuando el hombre callado de las manos pequeñas se acerca a los bosques hermosos de los tilos de otoño, se tapa los ojos con los dedos helados y tiembla con rabia ante las puertas abiertas que conducen a las aguas tranquilas de los lagos eternos.
El hombre perplejo de los besos robados escucha a los galgos furiosos que corren deprisa y traza en el suelo con las yemas descalzas las palabras exactas de su despedida. Las fieras que sudan con espuma en la boca alcanzan la ropa gastada del hombre asustado y disputan los crueles jirones de los mordiscos certeros, pero los ojos cerrados del hombre pequeño adivinan la senda de las verjas doradas y proyectan las ruinas antiguas sobre la tierra virgen de la madrugada.
El hombre cansado de los años plomizos tiene en el cuerpo la sangre helada de los incendios recientes y en el cuello las marcas rojizas de las largas espinas que nunca cayeron, y los galgos horribles que gimen hambrientos husmean la hierba junto a las letras escritas que indican la historia grandiosa del pulso vencido.
El hombre paciente de la espera intranquila cruza el abismo terrible de los fosos que hierven y presiente el camino correcto que lleva a la casa tomada bajo los tilos soñados. Escucha sin pena los pronombres amados y abandona a los galgos dispersos que rugen con fuerza ante la imagen extraña del hombre que corre por las salas vacías de la memoria ingrata. Si vuelve los ojos hacia los perros atentos la cabaña encendida se aleja despacio y los sauces dolidos anulan la presencia latente de los tilos que fueron mecidos por los vientos amables de las tardes antiguas.
El hombre apagado de las calles oscuras sabe ya que los galgos que ladran duermen muy lejos y que el sonido sincero de las manos que ama permanece junto al lago de plata que se encuentra hermoso en donde no ha llorado nunca el hombre perdido de los silencios presentes, en el destino al que le llevan ahora los pasos calmados de su mirada evidente.

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«Las huellas derrotadas»

© Fran Vega, 2012

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